Valentina Figueroa, la artesana de los animales muertos “EL ESPECTADOR”

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“Yo te podría decir que hago yoga, que medito, pero en este punto de mi vida me he dado cuenta de que la espiritualidad es algo de cada día. Mantengo mi taller limpio. Meto todo mi ser en cada pieza que hago”, dice Valentina Figueroa. Aunque no hace yoga ni medita, la artista bogotana de 27 años se aisla para crear. Los pájaros exhibidos en Fontana Flores —lugar que aguarda su exposición “Mitologías en hilo y metal”— fueron bordados en una casa de campo de Anapoima o en el mar: donde encuentra la libertad, ese estado mental que le sugieren las aves y que necesita para hacer cada cuadro unas 120 horas. Figueroa busca una foto base, dibuja en el bastidor y borda pájaros colombianos, algunos al filo de la extinción, como el Cóndor de los Andes. En ellos brilla su última novedad: hilos en oro, plata y cobre.

Los borda, pero también los funde en plata. Colecciona esqueletos de estrellas y caballos de mar para hacer en el metal lo que los egipcios hacían con sus muertos: dar otra vida. Figueroa estudió artes liberales en la Universidad de Nueva York. Su tesis se enfocó en los objetos con vida. “Debido a la reproducción en serie, los objetos han perdido su valor. Yo siento que cada pieza que hago tiene vida”, dice.

Figueroa empezó a jugar con hilos de metal cuando tenía 14 años. Fue en Washington, donde se radicó desde niña: por curiosidad, entró a una tienda de bisutería. Le gustaron las piedras y los alambres. “Con esto yo puedo crear cualquier forma”, se dijo. Años más tarde, cuando llegó el tiempo de la universidad, se inclinó por la investigación: hurgó en la literatura medieval, el arte de los egipcios y los mayas y también en el contemporáneo. No entendía algo: ¿sirven los objetos ornamentales, las máscaras, para algo más que verse bien y decorar un espacio? “Los objetos te protegen, como un anillo de matrimonio. Mi hermana me compró un águila y decía que sentía que le hablaba, que en las noches la ayudaba a dormir mejor. Yo aspiro a que mis piezas tengan efectos en las personas”.

El camino de Figueroa en la orfebrería empezó hace cinco años, cuando ingresó a estudiar platería en la Escuela de Artes y Oficios Santo Domingo. Su trabajo podría llamarse “joyería escultórica”, construye las piezas con cincel, en torno y en armado. Con texturas de pieles de serpiente y animales marinos hace collares, aretes y brazaletes. La artista no se arrepiente de nada de lo que está exhibido: repite hasta el hastío las piezas en metal. La producción del material no es simple: debe preparar el hilo, debe estirarlo, debe laminarlo. Si no lo hizo bien, al momento de cincelar la pieza se revienta. Comienza de nuevo. “En términos de técnica, no hago cosas milimétricas; desarrollé un ojo más intuitivo. No me molesta que las plumas de unos aretes queden diferentes”.

“Para los indígenas del Pacífico norte, el cuervo es el creador del universo, se roba las estrellas, la luna y el sol de un jefe que las tiene guardadas para sí mismo. Esas historias están en mi obra”. Figueroa piensa estudiar biología para conocer más historias de creación y de animales.

En sus joyas, la artista combina lo rústico de la plata con piedras lujosas: amatistas, zafiros, rubíes y diamantes. También estudió el significado de las piedras. El cuarzo rosado, dice, ayuda a mirarnos para adentro y a abrir el corazón; el jade, a limpiar la piel; el zafiro abre habilidades intuitivas. “Yo no puedo trabajar corriendo. Realmente no puedo decir que trabajar con metal me quede fácil. Dices que eres una dura fundiendo y se te explota el lingote porque no lo calentaste bien”.

Le pregunto por su pieza favorita de la colección. Tiene que ver, en efecto, con animales muertos: “Me encanta este collar de plata porque le puse crin de una yegua que murió. Le corté el pelo y dos meses después murió. También le pregunto cuál es la parte del proceso que prefiere: “Hay algo maravilloso: cuando fundes la plata, ver ese metal líquido es como ver la luna. Los materiales están vivos. Siento la vida en lo que hago”.

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